Diario de un Mochilero

Antes de partir

 

Lo primero fue organizar el viaje con al menos dos meses de anticipación. Esta etapa que a lo mejor parece obvia es importantísima, ya que entre otras cosas viajaría solo, valiéndome cien por ciento del transporte público y sin saber nada de francés. Además de esto me tocaría de lleno el mes del Ramadán, por lo que también tuve que averiguar algunas cosas básicas de la religión musulmana.

En esos dos meses tuve la oportunidad de revisar muchas guías de viaje, entre las que se encontraban la Guía Azul, la Guía Verde y la Routierd. Yo ya había escuchado que ninguna de estas guías era muy buena pero después de leerlas con calma puedo confirmarlo con certeza: sencillamente no tienen idea de lo que hablan. Finalmente encontré la “West Africa” de Lonely Planet (desde ahora en adelante LP) y quizás solo basta mencionar que sus autores efectivamente han estado en África. Una guía magnífica que solo tiene dos puntos en contra: no tiene versión en español y estaba actualizada solo hasta finales del año 2006.

Otra fuente de información muy buena es la que puede obtenerse de internet y en particular en los foros de viaje como www.foro.geoplaneta.es, donde se puede preguntar y resolver dudas con los mismos viajeros.

           También me compré el mapa Michelin 741 de África del norte y oeste, aunque quizás éste sea más útil para los que viajan con transporte propio.

 

 

Día 1

 

Saliendo de España, últimas impresiones

 

El viaje comenzó tempranito tomando un bus desde Cádiz hasta Algeciras, España, donde la precipitación y la falta de voluntad de los funcionarios portuarios me llevó a cometer el primer error del viaje. En el puerto debía comprar un ticket de ferry de la compañía Balearia, que sabía era la más barata, pero como no la encontré y nadie quiso decirme donde estaba terminé comprando un ticket de otra compañía mucho más cara. Luego cuando me fui a embarcar me di cuenta de que la oficina de Balearia estaba justo debajo de la sala de embarque (el precio debía ser la mitad, pero no quise ni preguntar).

De todas formas el trago amargo no se me pasó hasta que me subí a un colosal buque de seis o siete pisos que transportaba todo tipo de mercaderías. Éramos solo un puñado de pasajeros y antes de que nos alcanzáramos a sentar anunciaron por los parlantes que la policía marroquí sellaría los pasaportes de entrada en la planta número dos. Bajé rápidamente las escaleras y me incorporé a la fila. Un marroquí con cara de momia estaba tras el mostrador. Cuando le mostré mi pasaporte me saludó con un seco buenas tardes y acto seguido se puso a escudriñar mis datos. “¿Primera vez en Marruecos?”. “Si, señor”, contesté yo un poco intimidado. Entonces el policía se cruzó de brazos, me miró directo a los ojos y esbozando una sonrisa me dijo “Sea entonces usted bienvenido”. Yo tomé mi pasaporte y me quedé ahí parado unos segundos, un poco perplejo, pensando si la policía española le diría lo mismo a los turistas o inmigrantes africanos al entrar a su país.

 

Llegando a África, primeras impresiones:

 

Lo primero que me llamó la atención cuando me bajé del ferry fue que nadie vino a acosarme. No apareció ningún marroquí políglota para ofrecerme comida, alojamiento, tour y transporte. Éste es un punto que vale la pena aclarar ya que mucha gente y muchas guías de viaje advertían del acoso a los turistas, pero al parecer el gobierno marroquí había tomado cartas en el asunto e incentivado el buen trato a los extranjeros, porque durante todo el viaje en Marruecos no sentí prácticamente ningún acoso.

Así que con la más absoluta tranquilidad me puse la mochila al hombro y me fui caminando hasta la salida del puerto. A menos de 200 metros estaba la estación de buses CTM y compré un pasaje para el día siguiente para Rabat. También tenía algunos datos de hoteles, pero mis planificaciones no contaban con que la ciudad estaba encaramada en una colina, así que desistí de caminar cerro arriba y a menos de una cuadra de la estación CTM encontré el Hotel Valencia.

Dejé mi mochila y salí a caminar por la ciudad. No tenía ningún mapa de Tánger ni de Marruecos porque la LP sólo incluía los países de África Occidental. Pero esto no fue ningún problema, simplemente había que dejarse llevar por ese laberinto de calles y mercados. Y qué linda sensación la de entrar por primera vez por la puerta ancha de una Medina marroquí (Foto 001).

 

 

Días 2, 3, 4 y 5

 

Rabat y los primeros días de Ramadán

 

En el bus a Rabat me fui sentado al lado de un marroquí que hablaba español. Para mi sorpresa, cuando le comenté que era chileno, me dijo que conocía a Pablo Neruda y a Víctor Jara. Conversamos un buen rato de música y literatura y aquel tipo me dio buenos datos locales. De todas formas lo que más me impresionó fue poder hablar con un marroquí sobre uno de los mejores compositores que ha dado la música chilena, algo que ni siquiera puedo permitirme en mi propio país.

Cuando llegué a Rabat lo primero que hice fue buscarme un hotel barato en el centro y después salí a caminar por la Medina. Si alguna vez tienes ganas de perderte de alguien o de ti mismo lo mejor es ir a la medina de una ciudad marroquí, un auténtico laberinto de calles, pasajes sin salida y de calles que sin previo aviso se transforman en pasajes sin salida. Todo esto repleto de mercados y de gente gritando palabras ininteligibles. Cuando ya estaba lo suficientemente mareado encontré una salida que desembocaba en un cementerio. Allí me llamó la atención que todas las tumbas eran muy parecidas entre si, lo que daba una uniformidad un poco escalofriante (Foto 002). Traté de sacar una foto disimuladamente y entonces se me acercó un tipo por atrás y cuando comprendió que yo no hablaba ni árabe, ni bereber, ni francés, me dijo en un perfecto inglés que perdiera cuidado que no estaba prohibido sacar fotos del cementerio. Yo le di las gracias y aproveché de preguntarle como era posible que los marroquíes dominaran con tanta facilidad idiomas tan diferentes. Entonces aquel hombre me develó el secreto: según me dijo, el árabe es el único idioma en el mundo que utiliza casi la totalidad de los sonidos fonéticos posibles, y de ahí que les sea tan fácil pronunciar la J o la R española que tantos problemas genera a franceses, ingleses o asiáticos, del mismo modo que pueden pronunciar sin mayor complicación las distintas entonaciones que tiene la U francesa, algo impensado para un español. Y por supuesto también había que agregar el echo de que Marruecos a lo largo de toda su historia había sido colonizado por árabes, franceses, ingleses y españoles. Muy agradecido me despedí del tipo y como ya era tarde me fui a comer algo. Estaba tan cansado que apenas volví al hotel me metí de un piquero a la cama.

 

A la mañana siguiente llegó el primer día de Ramadán. La verdad es que antes de iniciar el viaje yo tenía mis dudas y temores respecto de si viajar o no en esta fecha, pero a los pocos días me di cuenta de que fue lo mejor. En la sección relatos se pueden leer algunas de mis impresiones sobre el primer día de este importante mes del calendario musulmán (Relato Nº1).

También me entretuve sacando fotos de algunos puntos claves de la ciudad poco antes del fin del ayuno y otras inmediatamente después de romper el ayuno, más que nada para registrar el contraste que ésta situación generaba en las calles de la ciudad. Las parejas de Fotos 003, 004 y 005 las tomé con diferencias de entre 20 a 40 minutos.

Recuerdo que ese día también fui a la embajada de Mali y no tuve mayores problemas para obtener mi visa, salvo que no entendí ninguna palabra de lo que me decían. Pero con señas y la buena disposición de la gente de la embajada logré sellar mi pasaporte en ese mismo día (para más detalles sobre la obtención de visas ver los Datos Prácticos)

 

Buscando algo para comer

 

Sin duda alguna el cambio más notorio durante el mes de Ramadán es el tema del ayuno. Yo venía un poco asustado porque no sabía muy bien con qué me iba a encontrar, pero inmediatamente me vi conociendo una de las facetas más interesantes del Islam. Lo más difícil quizás no era encontrar algo para comer, sino dónde comerlo, ya que no me hacía ninguna ilusión hacerlo en frente de la población en ayuno. Lo más práctico era comprar algo e ir a comerlo al hotel. Pero a veces el hotel estaba lejos y el hambre en aumento. Recuerdo un día que caminando en busca de algo para comer me encontré un Mcdonalds que estaba abierto y en su interior había un número considerable de personas no musulmanas engullendo hamburguesas. No me lo pensé dos veces y entré yo también a engullir una hamburguesa. Pero como suele suceder en estos casos en los que uno tiene hambre, la mente empieza a funcionar solo una vez que está alimentada y entonces me di cuenta de que las personas que trabajaban allí sirviendo hamburguesas debían ser marroquíes, es decir, musulmanes. Me levanté hasta el mostrador y le pregunté a la mujer que me había atendido si era musulmana y me dijo que por supuesto y entonces yo le pregunté como podía hacerlo para trabajar en un restaurante sin comer nada durante todo el día. Su sola mirada de angustia me bastó para comprender que ya no volvería a comer en un restaurante de comida rápida mientras durara el ayuno.

 

El primer timo

 

En todo el viaje fui estafado 4 veces de distintas maneras, algunas por montos miserables y otras no tanto. De cualquier forma la que más rabia me dio fue ésta, la del Día 3, en la Chellah de Rabat (los otros timos pueden leerlos en los Día 21, 26 y 38).

La Necrópolis de Chellah es uno de los principales destinos turísticos de Rabat y fue construida sobre las ruinas de una ciudad romana. Pagué los 10 Dirhams que costaba la entrada y una vez adentro caí en las manos de un falso guía, un tipo muy simpático que hablaba español y que se ofreció para hacerme un tour por las ruinas y los jardines de la necrópolis. Me iba comentando algunas cosas, pero básicamente fue un tour rápido, de unas veinte minutos, que al menos me dejaría tiempo para volver adentro y sacar fotos por mi cuenta. Yo entonces estaba sacando 10 o 15 Dirhams para darle de propina cuando el tipo me dice que el tour costaba 120. Yo me quedé impotente. La verdad es que me sentí muy mal porque sabía de antemano que debía tener cuidado con estos tipos que se ofrecían de guía. Nos pusimos a discutir y finalmente le terminé dando 50 Dirhams, lo que era un robo de todas formas. Después de eso me fui directo a la salida, con cero ganas de tomar alguna foto.

 

La pesadilla de la cámara de fotos

 

La verdad es que el Día 3 fue funesto porque además del timo tuve mi primer problema con la cámara de fotos, un error con el objetivo. Ya antes había tenido una cámara Nikon que no me había dejado muy satisfecho y no se por qué volví a comprarme otra Nikon para este viaje. El hecho es que el objetivo no abría, así que no me quedó otra que buscarme un servicio técnico. Y créanme, África no es un buen lugar para que se te eche a perder tu cámara de fotos. Después de mucho buscar logré encontrar un servicio técnico para cámaras digitales. Mientras el tipo miraba mi cámara yo lo único que podía decirle era “erreur d´objectif, erreur d´objectif”. Entonces el hombre me escribió en un papel 200 Dirhams y que volviera mañana. A mi no me quedó otra que asentir y confiar mi cámara en sus manos.

Cuando volví a la mañana siguiente comprobé con entusiasmo que la cámara funcionaba de manera perfecta, aunque lamentablemente la alegría solo me duraría diez días. El Día 15, en Mauritania, la cámara dejaría de funcionar definitivamente.

 

Las mejores vistas de Rabat

 

Pero por supuesto que Rabat es mucho más que timos y arreglos de cámara, y en los cuatro días que pasé allí conocí lugares espectaculares. Recuerdo con especial encanto la Kasbah des Oudayas, una fortificación del siglo X y que en su interior alberga una pequeña urbanización de callecitas estrechas y casas pintadas todas de blanco y celeste. Un verdadero paraíso cruzado. Lo mejor era dejarse perder y admirar los detalles. Sobre todo las puertas de las casas. (Fotos 006 a 008)

Otro día también fui al Mausoleo de Mohammed V, padre de la independencia nacional, que quedaba junto a los restos de la que sería la Mezquita más grande de Occidente y de la que solo se conserva su torre y más de cuatrocientos pilares. El proyecto estaba pensado para albergar a más de cuarenta mil creyentes, pero finalmente fue abandonado (Foto 009).

 

 

Día 6

 

El bus a Agadir

 

Los buses en Marruecos son bastante cómodos y acondicionados pero lamentablemente el viaje desde Rabat hasta Agadir no fue de lo mejor y duró casi toda la noche. El bus salió con dos horas de retraso y para colmo nos quedamos en pana justo cuando pasábamos por Casablanca. Recuerdo que el chofer con otro pasajero intentaron arreglar el problema eléctrico pero un amago de incendio con mucho humo los hizo desistir. Finalmente tuvimos que esperar un buen rato hasta que llegó otra máquina. De todas formas me puse a conversar con otros pasajeros y el tiempo se me pasó muy rápido. Llegamos a Agadir a las 8:30 de la mañana. Lamentablemente la plaza donde yo tenía visto un par de hostales baratos ya no quedaba detrás del terminal, o más bien el terminal ya no quedaba atrás de la plaza donde yo tenía visto un par de hostales baratos, y después de darle varias vueltas al asunto terminé tomando un taxi hasta la susodicha plaza y metiéndome en el Hotel Canaria.

 

 

Día 7

 

Yo no quiero ser ese tipo de turista

 

Hacía varios días notaba que había algo que no me terminaba de encajar, y no sabía muy bien lo que era hasta que llegué a Agadir y terminé de entenderlo. Hay que decir que Agadir es un balneario súper exclusivo con muchos turistas extranjeros, la mayoría de ellos europeos según pude constatar. Yo desde el primer día que llegué a Marruecos había tenido una empatía muy buena con los marroquíes, y salvo el incidente de la Chellah, todo había sido una cordialidad tremenda. A lo mejor ayudaba a todo esto mi notoria barba al estilo árabe, porque ya desde lejos la gente me gritaba con una sonrisa “Ali Baba, Ali Baba”. Pero había algo posiblemente en mi vestimenta, algún rasgo, o sencillamente que no hablaba ni una pizca de árabe, por lo que ellos sabían de inmediato que yo no era de allí. Y cuando les decía que era chileno se les iluminaba aún más el rostro e intentaban hablarme en español (algunos con bastante fluidez). “Salas”, “Zamorano”, me decían otros. En general conversábamos de cualquier cosa y finalmente la persona te ofrecían algún servicio turístico, comprar en su tienda o también muchas veces hachis. Entonces yo les decía merci beaucoup pero que no estaba interesado, y ellos cordialmente te daban la mano y te deseaban una buena estadía en Marruecos.

Recuerdo que el Día 7 caminando por la playa de Agadir intenté pedirle a una pareja de turistas si me podía sacar una foto, pero la mujer, apenas mirándome al rostro y antes de que yo alcanzara a terminar la frase, me dijo “No, thanks” y apuraron el paso. Yo me quedé ahí parado como un imbécil en la mitad de la playa y con mi cámara en la mano. Ya me había pasado un episodio similar en Rabat, pero no tan grotesco como éste. Al parecer para los marroquíes era obvio que yo no era de allí, pero para los turistas europeos yo parecía ser un musulmán más. Y no cualquiera, sino que uno de los peligrosos, de esos que se dejan la barba. La verdad es que en ese momento me sentí muy mal y me juré que pasara lo que pasara nunca llegaría a ser ese tipo de turista. Ellos ni siquiera me escucharon y posiblemente ni siquiera escuchaban a nadie. Y pensar que era tan simple como pararse un momento y mantener una mínima plática de cordialidad. Es más, la mayoría de los marroquíes con los que conversé durante todo el viaje ni siquiera llegaron a ofrecerme algo.

Finalmente me fui de la playa bastante bajoneado y entre otras cosas hambriento, pero cuando vi a todos esos turistas comiendo pizza huts y mcdonalds en pleno mes de ramadán, volví a sentir un asco tremendo y aguantándome el hambre caminé los 20 minutos que separaban mi hotel de la playa y llegué hasta el centro del verdadero Agadir, donde los marroquíes conversaban en mesas vacías a la espera de romper el ayuno, y conversando con varios de ellos, esperé yo también a que fuera el final del ayuno. 

 

 

Días 8 y 9

 

Las mejores vistas de Agadir

 

Aunque probablemente Agadir sea la ciudad menos marroquí de todo Marruecos, vale la pena una visita a su espectacular playa (donde lamentablemente también tuve la oportunidad de ver uno de los puntos negativos de la religión musulmana (Foto 010)), y a sus alrededores, como el Parque Nacional Souss-Massa (Foto 011) y los pueblos de la costa norte (Foto 012 y 013). Para ir al parque Souss Massa unos viajeros me avisaron de una entrada secundaria que quedaba a sólo seis kilómetros de Agadir, mientras que la entrada principal estaba a más de cincuenta kilómetros. Así que paso el dato: Para llegar a esta entrada hay que tomar el autobús Nº 40 y decirle al chofer que te avise donde bajarte, ya que no hay ninguna señalización. Después de eso hay que caminar siguiendo el río. En este parque se pueden ver muchos tipos de aves y algunos dromedarios.

                                         

De perros y gatos

 

Otra cosa que me llamó la atención de Marruecos fue que había muchos gatos callejeros. No perros, sino que gatos. Estaba comiendo una noche en un restaurante y por debajo de la mesa se acercó un gato a pedir comida, cuál quiltro del Paseo Ahumada, y entonces llegó el mozo y lo espantó. Yo le pregunté de donde salían tantos gatos y él me dijo que de por ahí. Entonces yo le comenté que en mi país no había gatos callejeros, sino que perros, montones de perros. El tipo se quedó mirándome con una cara de extrañeza tremenda y después de un rato los dos nos echamos a reír. Me imagino que él de los perros chilenos y yo de los gatos marroquíes.

 

 

Día 10

 

Entrando al Sahara Occidental

 

En el bus a Dakhla conocí a Rochib, un tipo de 23 años que viajaba tres asientos más adelante y con el que conversaba en cada una de las infinitas paradas que hacíamos. Poco antes de que amaneciera nos detuvimos nuevamente para que los pasajeros pudieran comer algo antes de que empezara el ayuno. Ahí me di cuenta que la sirena sonó a las 4:50 y no a las 5:30 o 6:00 como yo tenía pensado. “No food is not the problem”, me comentaba Rochib mientras comía unos frutos secos, “No drink is not the problem” insistió después mientras daba un buen sorbo a una botella de agua mineral. “The problem is not woman”, y soltó una sonora carcajada.

Después de eso el viaje se hizo más continuo y pude dormir unas cuantas horas, hasta que alguien me despertó remeciéndome el hombro. Era un policía. Le mostré el pasaporte y la hoja con mis datos. En total habría cinco controles policiales hasta llegar a Dakhla. El Sahara Occidental es una tierra en disputa y se ve que la policía marroquí no quiere extranjeros fundamentalistas, ni tampoco periodistas o fotógrafos, según pude constatar por las repetidas veces que me preguntaron mi profesión.

 

Una de las cosas que más me gusta de los viajes es andar en bus, sentarte junto a la ventana y con unos buenos auriculares ir mirando como se pasan los paisajes allá afuera. No me molesta hacer largos trayectos en bus e incluso guardo muy buenos recuerdos del viaje de 44 horas que hice entre Santiago y Florianópolis. Ahora llevaba casi veinte horas viajando y el paisaje desértico no cambiaba en nada (Fotos 014 y 015). Pero eso me gusta. Es la única forma de darte cuenta realmente cuán lejos vas. Y cuando finalmente llegas a tu destino completamente molido te bajas del bus y mirando a tu alrededor te quedas pensando “vaya, realmente estoy a la conchasumadre de mi casa”.

Por cierto, cuando llegué a Dakhla había cumplido un ayuno de 16 horas. Aunque eso se debía en parte a que no me sentía muy bien del estómago, pero lo que no quita que me estaba convirtiendo en un buen musulmán (Foto 016).

 

 

Días 11, 12 y 13

 

Esperando para cruzar

 

Dakhla es una ciudad fea por donde se le mire y aunque yo tenía algunos datos de playas y paisajes bonitos para visitar, para eso necesitaba un vehículo propio. De todas formas es una parada obligatoria para seguir hasta Mauritania. Aquí se termina el transporte público marroquí y hay que buscarse algún viajero con auto o algún taxi que te cruce la frontera. El problema fue que el pueblo estaba más muerto que los muertos y yo no encontraba a nadie. En el único restaurante más turístico que había conocí a un español que vivía en Dakhla desde hacía tres años. Se había enamorado de una chabala, según me contaba, pero no podían volver para España. Ella no tenía la visa y el no podía casarse si no se hacía musulmán. En el transcurso de esos dos días volví repetidamente al restaurante, en los que me topé con dos grupos de viajeros, pero los primeros no tenían espacio para llevarme y los segundos volvían hacia el norte.

Hasta que en la mañana del Día 13 me despertó el recepcionista del hotel y me dijo que afuera estaba esperando un taxi que cruzaría la frontera. Semidormido me vestí rápidamente y me subí al taxi. Después de dar vueltas durante treinta minutos por Dakhla recogimos a una pareja de estadounidenses y partimos. Nos fuimos conversando las ocho horas que el taxi tardó en cruzar la frontera hasta Nouadhibou. El paisaje era solo dunas y una línea de asfalto que partía el desierto en dos. Aunque la parte más interesante fue cuando cruzamos la llamada “Tierra de nadie”, unos cinco kilómetros que se extendían entre el puesto de frontera marroquí y el mauritano, y del que ningún país se hacía responsable. ¡Ni siquiera existía algún camino! El taxista simplemente iba a ciegas por el desierto y lo más terrible no era quedarse atrapado en la arena sino que no perder la orientación, ya que muy cerquita la zona estaba completamente minada. (Foto 017)

 

 

Día 14 y 15

 

La ONG Peace Corp

 

Resultó ser que los gringos con los que crucé la frontera trabajaban en una ONG que se llama Peace Corp y vivían en el Ayoun, Mauritania. Venían bajando desde España, donde habían estado de vacaciones, y me invitaron a pasar la noche en la casa de una compañera de la ONG que vivía en Nouadhibou. La verdad es que este hecho cambió radicalmente la ruta de mi viaje y la estadía en este país, ya que yo tenía pensado cruzarlo rapidito en un máximo de cuatro días, considerando sobretodo que no hacía más de un mes se había producido un golpe de estado. Pero los voluntarios de la ONG me recibieron de manera espectacular, se veía que no tenían muchas visitas por esos lados, y me dieron los contactos de todas las casas de Peace Corp en las distintas ciudades de Mauritania. Todos estaban dispuestos a recibirme. De esta forma me terminé quedando tres días en Nouadhibou en la casa de Maylen, una cubana de la ONG con la que no solo pude hablar español fluidamente si no que además asistir como invitado de honor a una de sus clases de español para un grupo de Mauritanos (Foto 018). Realmente quedé sorprendido cuando empecé a contarles algunas cosas de mi viaje y de Chile y ellos parecían entenderlo todo. Además estaban muy motivados de que yo estuviera de viaje por su país y me hacían muchas preguntas.

Lamentablemente el mes de ramadán tenía congeladas la mayoría de las actividades en el país, incluidas las de la ONG, y no pude ver en terreno los otros aportes que estos voluntarios hacían en Mauritania. Aunque al menos si pude constatar lo que hacían en su tiempo libre (Foto 019).

 

Nouadhibou y las primeras impresiones de Mauritania.

 

Mauritania es un país particular. Una región mezcla de árabes, hombres del desierto y negros. Un país, que si bien no está dentro de los más pobres de África, tiene una infraestructura mínima y algunas cosas te chocan apenas entras en él:

Recuerdo especialmente el tema de la basura, algo que por cierto se repetiría en muchas ciudades de África. Aquí no existe ningún mecanismo de recolección de basura y los vecinos se las arrojan unos a otros en un intento de limpiar su propio terreno, y en donde finalmente todos aprenden a convivir con ella. Es algo que no molesta y a lo que finalmente te terminas adaptando.

Las moscas están por todos lados. Nunca en mi vida vi tantas moscas juntas, reproduciéndose a velocidades vertiginosas y sin ningún escrúpulo. Al principio las espantas pero después ya te acostumbras a tenerlas por todos lados.

Los mercados funcionan todos en las calles y con normas de higiene muy precarias (Foto 020). Y eso sin mencionar las carnicerías (Fotos 021 y 022).

Los taxis no tienen ninguna identificación y van tocando la bocina a cualquiera que vean caminando. De esta forma no se puede caminar tranquilo sin que te anden tocando la bocina a cada rato.

Dado que el día viernes es motivo de descanso para los musulmanes, el gobierno mauritano decidió cambiar el fin de semana para viernes y sábado. Lo más divertido es que la decisión la tomaron un día jueves, y al día siguiente muchos desorientados fueron a trabajar sin saber de que ya era fin de semana. Por otro lado fue la primera vez en mi vida que entré a un banco un día domingo.

Pero sin duda alguna el punto que más me impresionó fue la sencillez y la honradez de la gente. Este es un hecho que se repetiría durante todo el viaje y en el que me extenderé más adelante en el Día 48.

 

 

Día 16

 

El mítico viaje en el tren de carga

 

Mi siguiente destino sería adentrarme en el desierto hasta llegar a Chinguetti y para ello tendría que tomar el único medio de transporte posible: El tren de carga mas largo del mundo, el cuál diariamente trae el acero desde el corazón del Sahara hasta la costa. Yo haría el recorrido de vuelta en uno de los vagones vacíos. Este fue uno de los grandes momentos del viaje y lo mejor será leerlo en el Relato Nº2. Después de bajarme de ese tren supe que podría llegar tan lejos como quisiera. (Fotos 023 a 027 y Video 01)

 

 

Día 17

 

Atar

 

Cuando finalmente llegué al Choum una camioneta me recogió en medio de la nada y junto a otros pasajeros me llevaron hasta Atar. Algunas personas viajaban en el pickup y otras en el techo de la camioneta, pero yo preferí pagar un poco más e irme con otros cinco pasajeros en la cabina.

La región del Adrar, que incluye varios pueblos en pleno desierto del Sahara, seguramente es la más linda de toda Mauritania. Lamentablemente mi cámara dejó de funcionar definitivamente en este punto, aunque al menos alcancé a sacar un par de fotos de Atar. (Fotos 028 y 029).

Apenas llegué a la ciudad tuve problemas con un tipo que me llevó dos cuadras hasta la rotonda donde debía encontrarme con una gringa de la ONG y no se conformó con los 100 Ouguiyas que le di de propina. Lo más insólito es que yo sólo tenía un billete de 2.000 y el tipo quería que se lo diera. Se formó un pequeño grupo de gente alrededor y el hombre seguramente les hablaba mal de mi mientras mostraba los 100 Ouguiyas y escupía al suelo. Al final logró sacarme de quicio y fui hasta un negocio para cambiar el billete y le tiré 500 Ouguiyas por la cabeza. La situación me molestó porque el hombre se había mostrado súper amable y con este tipo de situaciones a uno le da por sospechar que al final toda esa amabilidad es interesada, cuando eso no es así.

 

Aprendiendo a comer con la mano

 

En la tarde fui a tomar un taxi brousse para ir a Chinguetti pero me encontré con que no había más pasajeros y entonces el taxi no saldría. Conversé con el chofer y finalmente le pagué una buena cantidad de dinero para que me llevara a mi solo. Eso si, antes de partir me invitó a su casa para romper el ayuno. Faltaba poco para las siete de la tarde. Fue así como tuve la oportunidad de conocer por dentro la vida familiar musulmana. Yo, el chofer y otro invitado estábamos sentados en el centro del patio interior sobre unas alfombras y cojines. Cada una de sus esposas (tenía dos) se ubicaba en un costado opuesto del patio con sus hijos. Ellas cocinaban y los niños nos servían. Leche, sopa, pan y papas con carne. Todo esto se comía con la mano. Ya me había tocado antes comer con la mano, pero no una comida tan elaborada. En todo caso para los árabes es mucho mas higiénico y antes y después de comer te pasan una especie de lavatorio portátil para lavarte las manos. Cuando terminamos de comer nos tomamos al menos cuatro o cinco té a la menta. El té juega un rol fundamental en la vida social de los países árabes y yo por suerte sabía esto antes de partir, o al menos había leído que era mala educación rechazar los tres primeros. Después de eso el dueño de casa jugó un rato con uno de sus niños, hasta que se levantó de la alfombra y apenas haciendo una seña de despedida a sus mujeres me llamó para que nos fuéramos.

A esos de las 22:30 llegamos a Chinguetti y después de dar algunas vueltas logramos dar con la casa donde me iba a alojar. Inmediatamente noté que los dos voluntarios de la ONG se sentían un poco incómodos con mi presencia. Al día siguiente partirían en un paseo a camello por el desierto pero no sabían si podían conseguir un tercero para mí. Yo les dije que no se preocuparan, estaba súper cansado, me pasaron un colchón y me puse a dormir en el patio.   

 

 

Día 18

 

Olvídese del camello compadre

 

Me despertaron un poco antes de las seis de la mañana. Lamentablemente el tercer camello nunca llegó y yo entonces me despedí de ellos y me fui a buscar la vida por Chinguetti. Después de preguntar por aquí y por allá logré dar con un tipo que organizaba paseos y fuimos a su casa a barajar las distintas alternativas en torno a un vaso de té. Después de negociar varios minutos y tés, todo esto en francés y con dibujos, me decidí por un paseo de 8.000 Ouguiyas en el que visitaríamos tres oasis. Pero entonces me di cuenta de que sólo yo iría en el camello y el guía caminando. Le dije que como era eso y él me contestó que así funcionaba la cosa porque o sino era mucho mas caro ya que había que pagar por otro camello. Yo le dije que no me gustaba mucho la idea y que mejor por 3.000 Ouguiyas nos íbamos caminando los dos. Al parecer le gustó mi gesto y nos pusimos en marcha de inmediato.

Chinguetti es un pueblo que está en el Sahara Sahara, o al menos en lo que uno se imagina que debería ser el Sahara, es decir, rodeado de dunas. Caminamos como una hora y media en medio de un viento tremendo (¡Por suerte estaba nublado!) hasta que llegamos a un oasis, el oasis de Aber. Ahí había una casa y el dueño nos recibió amigablemente con unos cuantos té. Yo tenía el concepto de que el oasis debía ser una laguna con palmeras, pero aquí solo estaban las palmeras, nada de agua. Según me explicaron el agua era subterránea. De todas formas el lugar era precioso. Un verdadero oasis (sin laguna) en medio de arenal infinito. Dormimos un rato a la sombra de la terraza. La tranquilidad era impresionante. Cuando me desperté el tipo que vivía en el oasis me llevó hasta un pozo bastante profundo. Él bajó por una escalera y accionó un pequeño motor que tenía instalado. Grande fue mi sorpresa cuando por un tubo empezó a salir una ducha como para bañar a un elefante. Tenía tanto calor que me saqué la ropa y me metí debajo del chorro. ¡Cuánta agua! Aquello era como manguerearse con una manguera de bomberos. Después de eso volví a descansar a la terraza y me comí una docena de dátiles, el fruto de las palmeras. Finalmente tuvimos que volver y al llegar a la casa del guía nos tomamos unos cinco té más (en total fueron dieciséis ese día), comimos algo y después yo me fui a buscar un lugar para pasar la noche. Encontré el Aubergue des Dunes: 1.500 Ouguiyas y una tumbona para echarse en un dormitorio grande. Pero antes de ir a acostarme tuve la mala idea de ir a dar una vuelta por el albergue que era enorme y estaba completamente vacío. Me subí a la terraza y constaté que justo atrás del albergue, pegado a mi habitación, se encontraba el cementerio del pueblo. Buenas noches y dulces sueños.

 

 

Día 19

 

Durmiendo en los techos

 

Volví a Atar en camioneta pero lamentablemente la cabina estaba llena así que me tuve que subir en el pick up. Pensaba que al menos iba a viajar solo atrás pero apenas salimos de Chinguetti se subieron tres hombres, una mujer y una niña. Entre los bolsos y toda esa gente me fui prácticamente colgando las dos horas de viaje. Cuando finalmente llegué a Atar me fui directo a la casa de la ONG y nos pasamos toda la tarde allí conversando y tomando un vino echo por uno de los americanos y que estaba bastante bueno. Cuando se hizo de noche, y para mi sorpresa, cada uno agarró una tumbona y se fue a dormir al techo. Era una especie de terraza muy grande y me di cuenta que en las casas vecinas toda la gente hacía lo mismo. Fue un gran momento, una de las mejores noches que pasé en el desierto, el cielo estaba todo estrellado y la temperatura era ideal.

 

Aprendiendo a no comer en la vía pública.

 

Acá la gente comparte todo lo que tiene y ese es un hecho indiscutible. La solidaridad es un principio fundamental de la sociedad y llega a situaciones difíciles de comprender para personas que venimos de un mundo tan competitivo. Por ejemplo en Mauritania, si alguien saca un pedazo de pan y hay dos o tres personas más alrededor entonces ese pedazo de pan se subreparte en varios pedazos. Por eso no era de extrañar que en Mauritania nadie comiera en la vía pública, ya que eso significaría que tienes tanto para comer que puedes compartirlo entre toda la gente de la calle. Además la gente es consiente de que aquí hay personas que literalmente se están muriendo de hambre y no tendrían el descaro de comer en frente de ellos. Yo por suerte comprendí este código rápidamente, en parte porque venía con la idea del Ramadán de que nadie me viera comiendo durante las horas de ayuno y ahora solo había que extender ese concepto a toda momento.

Recuerdo una vez en Mali que paseaba con mi botella de agua mineral bajo un brazo y un niño se acercó a pedirme algo. Como no le entendí lo que me dijo le contesté que no tenía dinero. Entonces el niño señaló la botella, yo se la pasé y me sorprendió ver como se tragaba con desesperación el litro entero que le quedaba. Después me quedé pensando en lo hijo de puta que había que ser para pasearse en esos cuarenta y tantos grados de calor con una botella de agua bajo el brazo.

Sea como sea, este tema de la solidaridad me quedó dando vueltas durante todo el viaje y me hizo cuestionarme algunas cosas básicas que tenemos (o copiamos de) los países desarrollados. Por ejemplo: ¿Alguien se ha preocupado alguna vez de si pasó comiendo una hamburguesa, helado o cualquier otra cosa al frente de un mendigo? ¿A alguien se le ocurriría dejar de comer al menos esos diez metros que caen dentro de la vista del mendigo? Eso es algo que yo nunca me había cuestionado en mi vida y que creo que muy poca gente lo ha hecho. Pero que le vamos a ser. Simplemente son pequeños grandes gestos que te dan para pensar.

 

 

Día 20

 

Los Taxi Brousse: viajando con Dalí, Picasso y Miró.

 

Sin duda alguna los mejores momentos de África se viven en los traslados. Ahí es cuando se conoce a la gente local y se comparte con ellos de manera igualitaria. Los Taxi Brousse no son más que taxis compartidos que suplen la carencia de los buses, los cuales sólo cubren unas pocas rutas principales. Yo ya había tomado algunos taxi brousse los días anteriores pero me gustaría relatar con más detalle el viaje de cuatrocientos kilómetros que hice el Día 20 entre Atar y Nouakchott:

“La Gare Nouakchott no es más que un estacionamiento con apariencia de cementerio de autos. Llego allí a las diez de la mañana y me subo a un taxi que sale de inmediato pero como todavía falta un pasajero tenemos que esperar una hora y media más. Cuando éste finalmente llega, nos apiñamos todos adentro de la Toyota: en la corrida de asientos delantera el chofer con dos pasajeros, en la corrida de atrás viajamos tres hombres y una mujer, y en el pickup unos cuatro o cinco pasajeros más sobre los bolsos. Por fin el taxi sale de la estación pero solo para detenerse unos metros mas allá y llenar el estanque de bencina. Después de eso nos damos una, dos y hasta tres vueltas por Atar para que el chofer termine de subir en el pickup todos los encargos y mercancías que van hasta Nouakchott. Al menos los de atrás no se quejan. Miro mi reloj, entre esperas y vueltas ya llevamos dos horas de viaje sin haber salido de Atar todavía. Ya en el camino el taxibrousse alcanza una velocidad crucero de unos noventa kilómetros por hora, pero a los pocos minutos una barricada hecha con tambores de basura y troncos de árbol dan cuenta del primero de los cuatro controles policiales que encontraremos a lo largo del camino. Esto con la consiguiente revisión de documentos y bolsos, ya que hay que recordar que estamos en un reciente golpe de estado. Un militar me da la mano y trata de hablar español conmigo. En general son muy buena onda. Retomamos el viaje y asombrosamente logramos viajar dos horas completa sin detenernos, hasta que llega el momento del primer descanso. Como no pillamos ninguna Esso Market ni Pronto Copec nos detenemos en una tradicional Jaima del desierto y nos echamos sobre la alfombra. Allí alguien sirve leche de camello en un gran pote y ésta va pasando de boca en boca. Lo mismo con los vasos de té. Cuando ya estamos listos para partir veo que a mi lado uno de los pasajeros se ha quedado dormido profundamente. “Bueno, bueno”, dice el chofer, “démosle unos quince minutos más”, y entonces todos nos volvemos a sentar. Es en este momento que me viene un flash-back de un viaje en bus que hice entre Barcelona y Madrid en el cual el chofer dejó tirado a un pasajero en la mitad de la carretera porque ya se habían cumplido exactos los veinte minutos de descanso. Se me ocurre que no estaría nada de mal traer a ese infeliz a hacer una capacitación a Mauritania.

“Al poco rato de retomar el camino, el chofer se desconcentra por un segundo y la camioneta se sale ligeramente de la calzada reventando el neumático izquierdo trasero. Estamos en medio de la nada y el calor es tan intenso, que mientras un pasajero levanta la camioneta con la gata, el otro ya está sacando la rueda pinchada y un tercero listo para reponer el neumático nuevo. El trabajo en equipo más eficiente que vi en mucho tiempo, todo en cuestión de tres o cuatro minutos. Nos volvemos a subir y cuando ya pensaba que no habrían más paradas que los respectivos controles policiales y las manadas de camellos que se toman la carretera, entonces ocurre que es la hora de rezar. Pero esta vez la rigurosidad religiosa puede esperar quince o veinte minutos hasta que encontramos un solitario árbol en medio del desierto y entonces todos se bajan a lavarse manos, piernas y cara y a rezar se ha dicho. Finalmente logramos llegar a Nouakchott pasadas las seis de la tarde”

También recuerdo con especial encanto el taxi que tomé el Día 38 desde Djenné a Mopti, en Mali. En el pickup de aquella Ford antigua hubo un momento en que viajábamos diecisiete personas apiñadas, y cuando ya creía que mis músculos no podían contraerse más, entonces el chofer se detuvo un última vez y se subieron tres mujeres ¡Con cinco guaguas! Aquello dejó de ser real para transformarse en un cuadro de Picasso. Unas cuantas piernas sobresalían entre cabezas y ojos que miraban compungidos a ninguna parte. Las mujeres sencillamente se apretujaron no se dónde y empezaron a repartir niños, y esto era al que le toca le toca. En total llegamos a ser veinte adultos y cinco guaguas e incluso en un momento dos de ellas se pusieron a amamantar a los niños. Fue el record absoluto que me tocó vivir de apiñamiento en un taxi. Lamentablemente no tengo fotos porque mi mochila viajaba arriba, pero aunque lo hubiese intentado, allí adentro ya no había espacio para una cámara.

De todas formas tengo algunas fotos de otros taxi brousse, como el Peugeot 505 que tomaría el día anterior y en el que viajábamos trece personas en su interior. Lo más divertido era ver como el conductor manejaba con un niño sentado al lado (Foto 030). O los taxi brousse que se tomaban en Mali (Foto 031) o en Benín para cruzar la frontera (Foto 032).  Pero la mayoría de las veces el problema no era solo el apiñamiento sino que la calidad de esos metales con rueda. Y en este sentido el premio a la chatarra andante se la llevaría sin lugar a dudas el taxi brousse que tomé el Día 51 en Benín. Solo basta mencionar que para un trayecto de cuarenta y cinco kilómetros nos demoramos dos horas y cuarto (Foto 033 y Video 02). Aunque de las muchas veces que fallaron los taxi, la de Bandiagará en Mali fue el lugar más insólito para quedarse en pana (Video 03 y ojo con la música de fondo).

 

 

Día 21

 

Nouakchott y el segundo timo: Are you happy?

 

La verdad no hay mucho que decir de la capital de Mauritania. En esta ciudad encontré un cámara digital usada que terminé comprando no muy convencido por 37.000 Ouguiyas pero que finalmente aguantaría todo el viaje y también pude sacar plata en el único cajero automático de todo el país. Y por supuesto aproveché para ir a dar unas vueltas por el centro y sacar fotos con mi cámara nueva (Fotos 034 y 035). En eso estaba cuando se me acercó un negro de casi dos metros con pinta de boxeador para venderme collares. Le dije que no estaba interesado pero el tipo igual me acompañó varias cuadras conversando de cualquier cosa. Hasta que en un momento dado me extendió un collar y me dijo que era un regalo. Yo por supuesto le dije que no podía aceptarlo pero el negro insistió tanto que estuve apunto de darle las gracias definitivas e irme de allí con el collar. Pero ya era demasiado tarde. El tipo me extendió otro collar, me obligó a tomarlo y me dijo “Yo te regalo el primero pero puedes comprarme éste”. Aplausos para el negro que sin darme cuenta ahora me estaba encalillando con dos collares. El tipo me dio a entender que no aceptaría que se los devolviera. Y como yo no quería ninguno de esos collares la situación se puso un poco tensa. En un momento de la negociación me vi perdiendo 2.500 Ouguiyas pero rápidamente tomé las riendas y logré rebajar el asunto a 800, aunque por supuesto el negro me quitó uno de los collares. Luego me extendió la mano y dijo: “I´m happy now, Are you happy?” Yo la verdad es que no estaba nada happy y sólo quería que me devolviera los 800 Ouguiyas, así que me quedé callado. Entonces el negro se puso serio, me apretó fuertemente la mano y con voz suave me volvió a preguntar. “ I´m happy now, Are you happy?”… “Yes man, I´m happy, very happy” y esbozando la mejor de mis sonrisas me alejé en dirección al hotel.

 

 

Día 22

 

Los buses africanos

 

Viajar en bus puede ser una experiencia similar a la de viajar en un Taxi Brousse pero a una escala mucho mayor. La única gran ventaja es que en los buses tienes un asiento asegurado para ti solo. A continuación transcribo algunos extractos que anoté en mi cuaderno:

“Llego al terminal de Nouakchott a la hora indicada y al comprar mi pasaje me dicen que aquella compañía no cobra por el equipaje. No alcanzo a estar agradecido cuando me doy cuenta de lo que eso realmente significa: decenas de pasajeros llegando con bolsos gigantes, colchones, antenas parabólicas, bicicletas, motocicletas y todo tipo de mercancías. El bus se demora al menos dos horas en cargar todo esto y como el espacio no es suficiente, nos terminamos subiendo con el resto del equipaje entremedio de los asientos.” (Foto 036 y 037)

“Estoy en el terminal de Mopti y el bus a Burkina Faso debió partir hace más de una hora pero todavía no hay ningún movimiento. Entonces me doy cuenta de que hay un problema con el motor que no han empezado a arreglar porque todavía hace mucho calor. Después de cinco horas de arduo trabajo se dan por vencidos y nos terminan cambiando a otro bus que siempre estuvo esperando al lado.” (Foto 038)

En un trayecto de 500 kilómetros me dediqué a contar las paradas y en total fueron entre 45 y 50. Esto fue lo que anoté:

“Cuando por fin logramos ponernos en marcha el bus se detiene cien metros más adelante para cargar combustible y dos cientos metros después para el primer control policial. Después de eso pasamos por todos y cada uno de los pueblos que existen para tomar y dejar pasajeros, y quizás lo más divertido, para parar hasta tres veces en el mismo pueblo porque la gente no se coordina para esperar en un mismo lugar. De pronto en la mitad de la carretera se sube una persona con todo su equipaje, pero resulta que cinco minutos después, cuando el bus logra partir, el pasajero no tiene suficiente dinero. Entonces empieza una larga discusión en la que intervendrán todos los pasajeros y finalmente el chofer y sus ayudantes terminarán cediendo, o por el contrario el pasajero se bajará con todos sus bolsos.”

“También he visto como en algunos pueblos los habitantes hacen unas especies de barricadas para obligar al bus a detenerse y así establecer un rápido comercio con los pasajeros” (Fotos 039 y 040)

“¿Y si mejor me pongo a dormir? Imposible. La música por lo general va a todo volumen, los pasajeros discutiendo cada cinco minutos y el chofer tocando la bocina a quien sea para abrirse camino”

 

 

Días 23, 24 y 25

 

El Ayoun

 

El Ayoun no aparecía recomendado en ninguna de las guías que leí ni en los foros que visité. Pero Justin y Cristina, los estadounidenses que había conocido en el taxi que tomamos desde Marruecos, vivían allí y yo les había prometido que los iría a visitar. Total que me pasé tres días con ellos y otros americanos de la ONG y estuvo muy bueno. El Ayoun no es solo una de las ciudades más pobres y feas de Mauritania, sino que además muy calurosa, y a diferencia de las zonas del Sahara, aquí había mucha humedad y con eso la sensación de calor y transpiración era mucho mayor. No tengo idea a que temperatura estábamos pero tengo entendido que por esa zona las temperaturas pueden llegar a alcanzar los 50 grados celsius. Los días en el Ayoun se basaban en tratar de capear el calor y en las noche lo mejor era dormir a la intemperie. (Foto 041)

 

Las mejores vistas del Ayoun.

 

Pero el Ayoun tampoco era todo calor y había que salir a comprar comida y visitar la ciudad, en donde aproveché de sacar algunas fotos (Fotos 042 a 045). También fuimos un día a recorrer los alrededores. No muy lejos de la ciudad había una formación rocosa ideal para escalar con unos paisajes muy bonitos. Mauritania es un país que tiene que ser visto al atardecer. Recuerdo que aquella noche dormimos a las afueras de la ciudad. Como habían muchos grillos y arañas decidimos subir a dormir arriba de una gran roca, pero el problema fue que para llegar allí había que meterse por una cueva llena de murciélagos. Algunos se asustaban con las luces de las linternas y te revoloteaban alrededor. Cuando finalmente llegamos arriba extendimos nuestros sacos y poco a poco nos fuimos quedando dormidos, mirando las estrellas y los murciélagos allí arriba. (Fotos 046 a 049)

 

 

Día 26

 

La tercera estafa: El timo que no resultó tan timo.

 

Después de viajar toda la noche en bus crucé la frontera con Mali y llegué hasta Bamako, la capital, en donde apenas me bajé tomé un taxi hasta la Misión Católica que quedaba en el centro. Como las monjas estaban en su hora de descanso dejé mi bolso en la recepción y salí a caminar por ahí. Justo afuera de la misión había un hombre que se ofreció a llevarme hasta un restaurante y como yo tenía mucha hambre me dejé llevar. El tipo resultó ser muy amable, se llamaba Hassan, nos fuimos conversando en inglés y cuando llegamos allá le invité un sandwich. Una vez con la guata llena me llevó a dar una vuelta para conocer la orilla del río Níger. Cuando llegamos de vuelta a la misión le di las gracias y le di un billete de 1.000 CFA. Él me miró con cara rara y me dijo que no era suficiente así que busqué algunas monedas y le di 500 CFA más. El problema vino en la noche cuando salí nuevamente de la Misión para ir en busca de internet. Me encontré nuevamente con el tipo afuera y esta vez se ofreció a llevarme a un cyber café sin costo alguno. Como no me lo pude sacar de encima finalmente terminé yendo al cyber café que me decía. Él pensaba esperarme la hora completa que yo iba a estar conectado pero yo le dije que se fuera. Entonces el hombre me contestó que de acuerdo pero que le tenía que pagar los 4.000 CFA que le debía de la tarde. Nos pusimos a discutir y a discutir adentro del cyber café hasta no aguanté más y le terminé dando 2.000 CFA para que se callara de una vez. Lo más divertido es que el tipo me había advertido en la mañana especialmente que tuviera cuidado con los estafadores. Sea como sea cuando volví a la misión católica tuve mi pequeño desquite. Se me acercó un tipo de la agencia turística que estaba justo al frente de la misión y me preguntó si tenía pensado visitar Mopti, el País Dogón y otros lugares de Mali. Yo le dije que por supuesto y entonces el tipo sonrío y me invitó a pasar a su oficina. Un momentito le dije yo. “Ese tipo Hassan que anda dando vueltas por ahí dice que es primo tuyo”. “Así es” me contestó el tipo. “Entonces olvídate del asunto, ya tuve suficiente con él”. El tipo no tuvo que decirme nada, su rostro de impotencia reflejaba que su primo ya le había arruinado más de algún negocio.

De todas formas después volví varias veces al restaurante y al cyber café que me había mostrado el tipo. En el primero encontré la mejor comida de todo Bamako y en el segundo la conexión mas rápida que encontraría en toda África (¡Incluso los computadores tenían el dispositivo para insertar directamente la memory card de la cámara!). Después de todo, pensé, esos dos datos valían los 3.500 CFA más el almuerzo que le invité. 

 

 

Días 27 y 28

 

Las mejores vistas de Bamako

 

Muchas guías turísticas sugieren saltarse la capital de Mali pero ese es un gran error. Bamako es una ciudad que vibra al ritmo de las bocinas y la música callejera y en la LP encontré muy buenos lugares para visitar, como el tranquilo Museo Nacional, en donde pude ver una interesante muestra de máscaras y textiles y que es un oasis de paz dentro de la ruidosa urbe, o el Point G, que es un cerro desde donde se tienen las mejores vistas de la ciudad (Foto 050). Lo otro era simplemente dejarse llevar por las calles y empaparse de su caos. (Fotos 051 a 055 y Video 04)

 

Las peores comidas de África.

 

En África a veces se hace difícil encontrar un lugar para comer y lo mejor es comprar algo en los mercados, como pan, verduras y queso, y si uno tiene la valentía también puede comprar carne y otros productos que debieran mantenerse refrigerados. De otro modo lo ideal es encontrar un restaurante, pero a veces esta tarea no es tan simple y terminas entrando en un lugar que no te darán algo muy apetecible. Recuerdo especialmente en Bamako haber comido en un local callejero en donde unas ratas gigantescas merodeaban cerquita de las ollas, o también en otro en donde pedí pescado con arroz, pero solo me trajeron la cabeza y la cola del pescado (Foto 056)

 

 

Día 29

 

Llegando a Mopti

 

Viajé todo el día a Mopti y cuando llegué tomé un taxi al hotel “Ya pas de probleme”, el mejor de toda mi estadía en África y que incluso tenía una piscina. El único problema es que quedaba un poco lejos del centro. En la noche conocí a Hamidou, el guía oficial del hotel y quien me dijo que al día siguiente partía con tres franceses al País Dogón. No me lo pensé dos veces y me sumé yo también al panorama que duraría cuatro días.

 

 

Días 30, 31, 32 y 33

 

El País Dogón

 

Los Dogón son un pueblo de 300.000 habitantes que se agrupan en pequeñas tribus a lo largo de toda la falla de Bandiagará. Llegaron allí hace más de mil años y hasta el día de hoy mantienen casi intactas sus tradiciones y manera de vivir. La amabilidad y hospitalidad de su gente hacen de los dogón una visita obligada de Mali. Y la mejor manera de hacerlo es contactar a algún guía dogón, como era el caso de Hamidou.

Tempranito el primer día nos subimos a un Peugeot 505 que nos llevó hasta Sanga, el primer pueblo del País Dogón y uno de los pocos asequibles por vehículo (Fotos 057 y 058). Allí tuvimos la oportunidad de entrar a las casas y compartir con su gente, con nuestro guía haciendo de traductor. Nos explicó que los ancianos eran las personas más importantes del pueblo y a ellos les debíamos el mayor de los respetos. Yo llevaba una buena cantidad de Nueces de Cola (Foto 059), un fruto seco muy amargo y muy valorado por los dogón, y se los iba repartiendo.

Lo que más me llamó la atención fue que el saludo duraba casi un minuto entero y se preguntaban una y otra vez lo mismo. Aunque según me explicó Hamidou, detrás de ese iterismo se estaban preguntando por la salud, los familiares y toda la gente del pueblo. Cuando en el camino nos cruzábamos con otra persona, era divertido ver como nuestro guía empezaba a saludarla pero sin detenerse, por lo que el saludo sencillamente terminaba cuando ya no podían oírse el uno del otro.

Después de almorzar en Sanga tomamos nuestras mochilas y partimos en una caminata que se extendería por los siguientes cuatro días y en la que visitaríamos un total de diez aldeas. El trecking se hacía por entremedio de los acantilados de la falla de Bandiagara y los paisajes eran sencillamente espectaculares (Foto 060 a 063). Era impresionante ver como las aldeas colgaban del acantilado. En cada una saludábamos a los ancianos, les regalábamos nueces de cola, sacábamos algunas fotos del pueblo y luego seguíamos nuestra caminata (Fotos 064 a 076) . El primer día caminamos 17 kilómetros hasta llegar  a Yendouma, en donde pasamos la noche y en donde nuevamente dormí en el techo de una casa (Foto 077). El segundo día escalamos el acantilado hasta la cima y luego lo bajamos por el otro lado, visitando las tres aldeas Youga. Almorzamos en Youga III, donde nos mataron un par de pollos y luego seguimos hasta Kondou, donde pasamos la noche. En esta aldea tuvimos la oportunidad de presenciar una ceremonia religiosa, una mezcla de las raíces animistas y la religión cristiana, introducida aquí por los colonos franceses. Era de noche y el lugar estaba completamente oscuro, pero al menos tuve la oportunidad de grabar discretamente el audio de la ceremonia (Video 05). El tercer día salimos con los primeros rayos del sol y visitamos varias aldeas. Aquí casi todos los niños tenían  el estómago hinchado, seguramente por la desnutrición, pero de todas formas eran muy animados y lejos lo más entretenido de la visita. Algunos se te acercaban curiosos y te saludaban y otros salían corriendo cuando te veían. Los que eran un poco más grandes te pedían dulces, lápices o cualquier otro regalo (Fotos 078 y 079). También me hubiese gustado comprar alguna de las increíbles artesanías que hacían los dogón, pero como me fuera imposible meter nada más en el bolso, tuve que conformarme con sacar una foto. (Foto 080)

Yo durante todo el recorrido le había insistido a Hamidou que si era posible quería presenciar algo más propio e íntimo del pueblo dogón y esa noche, cuando llegamos a Ireli, se presentó mi posibilidad y otro de los grandes momentos del viaje (Relato Nº3 y Video 06). Esa noche dormiría solo dos horas y a la mañana siguiente partimos de vuelta hasta Sanga. Afortunadamente no fueron mas de siete kilómetros de caminata y pudimos almorzar y descansar allí. En el total de los cuatro días habíamos caminado unos 55 kilómetros y cuando finalmente llegamos a Mopti caí rendido en la cama del hotel.

 

 

Días 34, 35 y 36

 

Malaria y otras enfermedades

 

Después de volver del País Dogón y quizás como era de esperar caí enfermo en el hotel “Ya pas de probleme” de Mopti. Fiebre y diarrea. Mucha diarrea. La verdad es que me asusté porque esos eran justamente los síntomas principales de la Malaria, pero afortunadamente la fiebre se me pasó al día siguiente. Al tercer día no me quedó otra que dejar de tomar los remedios para la malaria y para mi sorpresa me mejoré rápidamente. Ya había escuchado de los efectos secundarios del Malarone pero no me imaginé que fueran tan fuertes. La verdad es que nunca sabré si mi enfermedad fue 100% producto de los remedios o si habré comido algo que me cayó mal. El punto es que no volví a tomar Malarone hasta una semana después, y apenas pasaron unas horas desde la primera pastilla, la fiebre me subió de inmediato. Finalmente decidí no volver a tomar los medicamentos en lo que me quedaba de viaje. Lamentablemente en mi caso se había cumplido el dicho que venía escuchando en algunos foros de internet desde hacía tiempo “Prefiero que me de malaria antes que aguantar los efectos secundarios del Malarone”. Aunque también hay que decir algo: yo por esos días no me estaba alimentando muy bien y para tomar un medicamento tan fuerte hay que hacerlo con el estómago bien lleno. Afortunadamente aparte de ese fin de semana en Mopti no volví a enfermarme en todo el viaje. Y eso que en muchos lugares tomaba agua de la llave o comía alimentos preparados en la calle.

 

Las mejores vistas de Mopti

 

Mopti queda a las orillas del río Níger y es sin duda la ciudad más turística que me tocó visitar en todo el viaje, lo que se traduce en una decena de hoteles repartidos por la calle principal. De solo salir a la calle la gente se te abalanzaba para ofrecerte todo tipo de servicios turísticos. Además había que considerar que ésta no era la temporada alta de turistas y la gente estaba sencillamente desesperada. Recuerdo dos hombres que se me acercaron casi corriendo y se pusieron a discutir entre ellos para ver cuál de los dos me hablaba primero. Así que quizás lo mejor era resguardarse en el hotel. Pero aún así me di el tiempo de caminar por sus calles en la medida que la diarrea me lo permitía y sacar algunas fotos (Fotos 081 y 082). Aunque lejos lo más entretenido fue sentarme a la orilla del río y ver como se pasaba la vida maliense a bordo de una pinaza (Fotos 083 a 094)

 

 

Día 37

 

Djenné y la mezquita de barro mas grande del mundo

 

Me desperté antes de que saliera el sol y partimos caminando con un grupo de españoles y uruguayos que había conocido en el hotel hasta la gare rutiere. Ahí tomamos uno de los taxi brousse más apiñados del viaje (para más detalle leer el tópico “Los taxi brousse” del Día 20) hasta Djenné. Pero el sacrificio valió la pena. Djenné es una ciudad que queda en una isla en medio del río y está construida casi en su totalidad por casas de adobe. Para llegar allí había que esperar a que un ferry te cruzara (Foto 095). Yo había coordinado mi visita para que calzara justo con el gran mercado de los lunes, y la verdad es que el mercado estaba bien, pero no era mejor que los muchos otros mercados que vi en Bamako, Nouakchott y otras ciudades de África. Las guías de viaje y los foros insistían en que había que ir un día lunes para no perderse el mercado, pero en parte eso debe ser porque los pocos turistas que vienen a África lo hacen directamente a Mali y sin pasar por la capital se van directo hasta el Pais Dogón o Timbuktu. Quizás para ellos la única posibilidad de ver un mercado sea recorrer los 140 kilómetros hasta Djenné, pero para el resto de los viajeros paso el dato: el que ya haya visto más de un mercado africano, que vaya a Djenné cualquier día de la semana.

Y bueno, sin duda alguna la atracción por excelencia de la ciudad era su mezquita de barro, la más grande del mundo (Fotos 096 a 098).

Después de caminar por las calles de Djenné y sacar algunas fotos (Fotos 099 a 105), me despedí de los españoles y uruguayos. Ellos volvían a Mopti y yo me quedaba la noche allí. Había sido bueno hablar español por un día. Finalmente encontré un hotel y me instalé a dormir en el techo. Como en el lugar no tenían mosquitera tuve que instalar por primera vez la mía, y entonces me di cuenta de la pésima compra que había hecho antes de partir. (Foto 106)

 

 

Días 38, 39 y 40

 

La cuarta y más lamentable estafa

 

Una de las pocas ideas claras que tenía respecto al viaje era en algún momento hacer una travesía en pinaza por el río Níger. Inicialmente había pensado en ir a Timbuktu en una de las pinazas públicas, idea que hasta el día de hoy me arrepiento de no haber tomado. Hasta ese momento me había movido 100% en transporte público y no había tenido mayores problemas salvo la incomodidad e impuntualidad de los mismos. Y no sé por qué me dejé convencer por Hamidou, el guía que me había llevado al país Dogón, para que tomara una pinaza privada, lo que obviamente era mucho más caro. Él me puso en contacto con otro guía y finalmente pagué una buena cantidad de dinero por una piragua a remo que me llevaría de vuelta desde Djenné a Mopti en tres días, acampando a orillas del río.

Según lo acordado aquel día martes llegué a la orilla del río a las 9:00 de la mañana pero por supuesto el bote no llegó hasta las 4:30 de la tarde. La verdad es que eso no me molestó en lo absoluto. Durante todas esas horas estuve conversando y compartiendo con un grupo de hombres que descansaban bajo la sombra de un quincho y que incluso me invitaron a almorzar. Y el problema tampoco fue que cuando llegó, la piragua estuviera llena de agua (por supuesto que no era la misma que me habían mostrado en Mopti), sino que los dos tipos que venían en ella (el remero y el que sacaba el agua con una tasa) se bajaron del bote, apenas me saludaron y gracias a uno de los hombre del quincho que hablaba inglés logré comprender que los tipos querían ir hasta Djenné para comer, descansar y luego partir al día siguiente. Yo por supuesto me negué rotundamente y la discusión se armó en el acto. Finalmente y después de casi una hora y con ayuda del traductor, pude entender el lamentable espectáculo. Al parecer el dueño de la piragua los había mandado a última hora desde Mopti, venían remando día y noche y no habían comido más que un puñado de arroz en todo ese tiempo. En otras palabras los tipos venían prácticamente muertos. No se habló más. Le compré un pan a cada uno, me despedí de ellos y tomé el primer taxi que pasó rumbo a Mopti.

Al día siguiente llamé a Hamidou que estaba en el país dogón y le conté lo sucedido. Como el dueño del bote se negó a devolverme si quiera la mitad del dinero, Hamidou en un acto muy profesional de su parte (uno de los poco que vi en toda África) volvió desde el país Dogón, me tomó de un brazo y me llevó directamente a la comisaría. Ahí tuvimos que explicar repetidamente el caso a cada uno de los policías. Yo lo contaba todo en inglés y después Hamidou lo traducía al francés. Después de una hora o así, los policías se subieron a un taxi y fueron a arrestar al dueño del bote. Cuando éste llegó me llamó mucho la atención su amabilidad conmigo. Las siguientes dos horas las pasamos exponiendo a los policías cada uno su versión de los hechos. Lo más increíble era que el dueño del bote se excusaba diciendo que él si los había mandado con comida y que yo debería haberlos obligado a partir de inmediato. Los policías también me preguntaron por que no esperé a que los dos hombres comieran y después partíamos. Entonces me quedé callado y estuve un buen rato pensando como explicarles que yo no había pagado ese bote porque necesitara viajar desde Djenne a Mopti, ya que para eso tenía los taxis que valían quince veces menos. Ellos no comprendían que si yo había pagado una suma tan alta por un servicio turístico, mi idea era pasar un buen rato adentro de ese bote. ¿Como mierda me iba a subir a un bote con dos tipos que se estaban muriendo de hambre? Afortunadamente Hamidou logró comprender este punto y se los explicó a los policías, que finalmente me terminaron dando la razón y sentenciaron que el dueño del bote me devolviera el 75% del dinero.

 

Cosas divertidas dentro de la desgracia.

 

Cuando Hamidou fue a buscarme al hotel para llevarme a la comisaría, yo apenas tuve tiempo de entrar a mi pieza a buscar el pasaporte. Y cuando abrí la puerta vi a un ratón hurgueteando mis cosas arriba de mi velador. Yo sólo atiné a agarrar mi pasaporte, cerrar la puerta y antes de salir corriendo grité en la recepción que por favor alguien sacara el ratón de mi pieza, lo que causó un estruendo de risas, porque daba la impresión de que yo salía corriendo del hotel escapando del ratón. Afortunadamente cuando volví varias horas más tarde el ratón ya no estaba.

También recuerdo un episodio divertido en la comisaría. Después de explicar repetidamente mi caso, los policías decidieron ir a buscar al tipo del bote, y mientras tanto yo debía espera sentado al frente del televisor. Para mi sorpresa transmitían una teleserie mexicana o venezolana doblada al francés. Yo sabía que eran muy famosas en todo el mundo pero jamás hubiese imaginado que el cuartel de policía de Mopti, en Mali, la siguiera con tanta devoción. Al lado mío había dos o tres policías completamente absorbidos por la pantalla y de tanto en tanto comentaban con entusiasmo los entretelones de alguna escena.

 

De África no tienes que esperar nada... y lo tendrás todo

 

Los dos días siguientes fueron de profunda reflexión. Con lo de la estafa y la enfermedad estuve considerando seriamente terminar mi viaje. Pero entonces decidí hacer borrón y cuenta nueva y en vez de volver a Bamako para tomar el tren hasta Senegal, preferí seguir rumbo al sur hasta Burkina Faso y luego terminar mi viaje en Benín. Había que cambiar de aires y la decisión no pudo ser más acertada. Después de todo había aprendido una buena lección: salvo el guía para visitar el País Dogón y la pequeña caminata que hice en el Sahara mauritano, hasta ahora no había contratado ningún otro servicio turístico en África y decidí que en lo que quedara de viaje no lo volvería a hacer. Esa era la mejor manera de seguir adelante, sin esperar nada.

 

 

Días 41 y 42

 

Llegando a Burkina Faso

 

El bus desde Mopti hasta Bobo Dioulasso en Burkina Faso fue uno de los peores que tomé en todo el viaje. Entre reparaciones, paradas varias e intransitables caminos de tierra, terminamos llegando a Bobo Dioulasso después de casi veinte horas. En el tópico “Los buses africanos” del Día 22 se puede leer más de éste y otros trayectos en bus por África. Cuando finalmente llegué a Bobo Dioulasso tomé un taxi hasta el hotel Cocotier y antes de caer dormido fui a dar una vuelta por el grand marché y la grand mosque (Foto 107)

 

 

Días 43, 44 y 45

 

Diarios de motocicleta

 

Otro de los grandes momentos del viaje fue cuando tuve la oportunidad de arrendar una moto y salir a recorrer África por mi cuenta. Partiendo desde Bobo Dioulasso llegué hasta Bánfora y Sindou, dos de los pueblos más lindos que conocí en toda África y lo suficientemente pequeños para que nadie te acosara por ser blanco. Fueron tres días entre pueblos, cascadas, lagos y cerros. (Relato Nº4 y Fotos 108 a 123)

 

Curiosidades y anécdotas de motocicletas

 

Ésta no la cuento dos veces: El primer día de motocicleta, cuando ya llevaba poco más de una hora de viaje, tuve la mala suerte de pinchar el neumático delantero. Por suerte yo había sido un hombre precavido y en la mochila traía una carpa y la suficiente comida como para sobrevivir un par de días si la moto justamente me fallaba. Pero la verdad es que no alcancé ni a pensar en eso cuando cien metros más adelante veo a un tipo que me hace señas y viene corriendo hasta mi. Ahí mismo, en la mitad de la nada, el tipo tenía un pequeño taller para reparar motos. De echo, la única cámara que le quedaba era justo la que necesitaba mi rueda. A veces la suerte está más que de tu lado.

El negro albino: Cuando llegué a Bánfora me encontré que en un importante partido de fútbol jugaba un hombre blanco en uno de los equipos. La verdad es que me llamó la atención porque desde que había salido de Bobo Dioulasso no había visto a ningún blanco y que el tipo estuviera jugando en un equipo de fútbol significaba que al menos debía vivir en el pueblo. Cuando terminó el primer tiempo me acerqué al banquillo y pude constatar que el tipo tenía todos los rasgos de un hombre negro y hablaba el idioma local con toda naturaleza. Ahí caí en la cuenta que se trataba de un negro albino.

El mejor McDonalds: Mi guía decía que en Banfora el mejor lugar para comer era el McDonalds que quedaba en la calle principal. Yo por supuesto tenía claro que algo raro debía haber ahí, pero no voy a negar mi secreta esperanza de encontrarme con Ronald. Y la verdad es que cuando llegué al restaurante con el logo del pato Donald y me pedí el plato del día, un tremendo bistec con papas fritas, me di cuenta que de verdad estaba comiendo en el mejor McDonalds que había comido en toda mi vida. (Foto 124)

 

...Y después de todo creo que no soy ese tipo de turista.

 

Después de dar muchas vueltas por caminos erróneos y preguntar cien veces la misma pregunta a diferentes personas, me metí por un camino pantanoso que supuestamente llevaba a las cascadas de Karfiguela. La moto y mis pantalones estaban llenos de barro. Cuando finalmente llegué, me bajé de la moto con sonrisa triunfadora y saludando a los dos encargados que había les relaté entre señas y un poco de francés todas mis pericias que me habían llevado hasta ahí. Ellos se reían de lo lindo porque la verdad no era tan difícil. “Claro, ustedes viven acá”, les decía yo mientras me limpiaba los pantalones. Después de descansar un rato y compartir un poco de comida que yo traía, uno de ellos me llevó hasta las cascadas. La primera parte del sendero estaba inundada así que había que sacarse los zapatos. En eso estábamos cuando veo que llegan dos fastuosos 4x4 y de dentro se baja un grupo de extranjeros con un guía bilingüe que daba instrucciones en español. Eran ocho turistas españoles. Se bajaron rápidamente de los vehículos, no saludaron a nadie, y ya de entradita se pusieron a reclamar porque tenían que sacarse los zapatos. Cuando algunos se dieron cuenta de que yo hablaba español me empezaron a preguntar cosas, como dónde estaba mi guía y el 4x4 que me había traído, o si me había costado mucho conseguir el vuelo desde España hasta Ouagadougou. Fue difícil convencerlos de que yo venía viajando por mi cuenta y que no estaba haciendo ese tipo de turismo y finalmente lo mejor fue hablar del paisaje y adentrarnos a las cascadas. Todos sacamos algunas fotos y luego volvimos a la entrada. Los españoles se subieron rápidamente a los vehículos y partieron, al atardecer tenían que visitar el lago Téngrela y en la noche ya estarían 300 kilómetros al sur en un hotel que habían reservado desde hacía meses. Yo en cambio me lo tomé con calma. Me senté a conversar un rato más con los tipos del lugar, y mientras compartíamos unos cuántos té, pensaba en que todavía me quedaban al menos unos 20 kilómetros de laberínticos y pantanosos caminos hasta llegar a Bánfora, y una vez allí tendría que encontrarme algún lugar para dormir. Pero no corría ningún apuro, todavía había tiempo para otro té.

 

 

Día 46

 

Llegando a Ouagadou¿Qué?

 

Ouagadougou es seguramente la capital con el nombre más bacán del mundo y sus habitantes simplemente la llaman Ouaga (en español sería Guaga). Para llegar aquí tomé el mejor bus de toda mi estadía en África, pero lástima que solo fueron cinco horas de viaje. Allí nuevamente me quedé en una misión católica. El lugar quedaba junto a la catedral y era muy tranquilo.

Aquel día se cumplían 21 años de la muerte de Thomas Sankara, un revolucionario que se tomó el poder con solo 33 años y que dentro de sus políticas se redujo el sueldo de presidente en un 25%, hizo una de las campañas de vacunación más efectivas en la historia de África, mejoró la educación, y le dio un rol más participativo a la mujer. Como era de esperar, un golpe de estado le dio muerte a solo tres años de llegar al poder. 21 años después la gente salía a la calle para recordarlo. Yo miraba los camiones llenos de gente yendo hacia el cementerio. Era increíble ver el entusiasmo que despertaba aquel hombre. Tom Sanka, o como me dijo un burkinabé que pasaba por la calle, el Che Guevara de África.

 

 

Día 47

 

A la búsqueda del consulado

 

Los días en África se basaban siempre en la búsqueda de algo. Buscar algo para comer, buscar un lugar para dormir, buscar la estación de buses, buscar un cibercafé, buscar la embajada del siguiente país a visitar. En Burkina Faso no existía embajada de Benín y la única posibilidad era llegar hasta la frontera y conseguir un visado válido por 48 horas para extenderlo luego en la capital. Yo por supuesto no quería eso y me metí por enésima vez a internet para ver si encontraba información actualizada. Y ahí la encontré, en un foro francés con pocas semanas de creación. En Ouagadogou existía un consulado de Benín que otorgaba visas por tres meses. No entendí muy bien lo que decían salvo que era muy difícil encontrarlo. Me anoté la dirección y las indicaciones para llegar, todo en francés y letra grande, salí a la calle, pare el primer taxi y partimos. El consulado quedaba a las afueras de la ciudad, en el camino hacia Saio y el papelito indicaba que al encontrar una estación de servicio Shell había que girar a la derecha en un camino de tierra. Cuando llegamos allí preguntamos a un tipo y nos indicó una casa. No había ninguna bandera o algo que la identificara como el consulado. Toqué el timbre y pregunté. Ese era el lugar. En menos de quince minutos obtuve mi visa para tres meses. A la salida caminé hasta el camino principal y paré el primer taxi que pasó.

 

Reggae, Hip Hop y música Africana

 

Subirte a un taxi y darte cuenta que el chofer es un rastafari que va escuchando reggae a todo volumen mientras das vueltas por las calles de un pueblo africano es algo impagable. Esto me pasó más de alguna vez y fue difícil decirle al tipo que ya me tenía que bajar en la cuadra siguiente. Incluso recuerdo cuando nos quedamos en pana cruzando un río en Mali. El agua se estaba metiendo por todos lados pero a nadie parecía importarle, en la radio el reggae todavía seguía sonando (Video 03).

En cuanto a la música tradicional africana, sin duda alguna la de Mali debe ser una de las mejores de toda África. Muchas bandas y músicos tienen reconocimiento internacional y los conciertos callejeros son pan de cada día. Aquí les dejo algo de Toumani Diabate y su elegante estilo para tocar la Kora, uno de los instrumento más característico de África Occidental

El único espectáculo más organizado que pude presenciar en vivo fue un festival de Hip Hop que se desarrolla anualmente en la capital de Burkina Faso. Me dieron el dato y como no quedaba lejos de la misión católica me fui a verlo una noche. La verdad es que no fue un evento de gran calidad, pero al menos el dúo marfileño que se subió al cierre logró cautivar a la audiencia (Video 07

 

 

Días 48 y 49

 

De Burkina Faso a Benín, la coordinación soñada.

 

El sureste de Burkina Faso es un lugar potencialmente peligroso de noche. Grupos disconformes con el gobierno se han asentado ahí y establecido sus propias reglas, que básicamente consisten en asaltar a los vehículos que transitan solitarios por la carretera. Por esto era muy importante cruzar la frontera hacia Benín de día. Salí temprano de la Misión Católica con la intención de tomar el bus hasta Fada, al este de Burkina Faso, a las 7:00 de la mañana, pero me encontré con que el bus de las 6:40 salía con veinte minutos de retraso y me metí justo cuando se iba. Cuando cuatro horas después llegamos a Fada, me bajé del bus y me sorprendió ver que justo había un taxi brousse esperando por pasajeros que quisieran cruzar la frontera hasta Benín. Me subí de inmediato, fuimos a recoger a otros pasajeros repartidos por el pueblo y partimos rumbo al sur. La verdad es que la carretera se veía muy transitada y con muchos pueblos y controles policiales como para sentir alguna inseguridad. Total que llegamos al puesto fronterizo de Burkina Faso y el taxista dijo que solo llegaba hasta ahí, así que los que seguíamos a Benín tuvimos que cambiar de taxi, pero en menos de treinta minutos estábamos en movimiento nuevamente. En el taxi viajaba un indocumentado que tuvo algunos problemas para que lo dejaran salir del país pero finalmente todo se resolvió bien y partimos por los 70 kilómetros de tierra de nadie que separaban las dos fronteras. Eso si, antes de llegar al puesto fronterizo de Benín el chofer echó abajo al indocumentado, al parecer no quería tener problemas con la policía beninés. A mi me pareció un gesto un poco brusco, el tipo se veía buena persona, pero por supuesto no dije nada. Para mi sorpresa, cuando terminamos de hacer los trámites de entrada a Benín, avanzamos un poco por la carretera y de atrás de unos árboles apareció el indocumentado, se subió rápidamente al taxi y el chofer aceleró enfilando al sur.

En menos de dos horas yo me bajé en Tánguieta, al norte de Benín, y me fui hasta el hotel Baobab. Allí pedí un cerveza y miré mi reloj. Eran sólo las 4:30 de la tarde. A veces el destino te regala estas pequeñas treguas. Recorrer 400 kilómetros en solo nueve horas y media, con una eficiencia casi perfecta en el cambio de vehículos, era algo impensado para lo que venía recorriendo de África. Un regalo que llegó justo en el momento que más lo necesitaba: aún quedaban al menos dos horas para que oscureciera 

 

Más que una cámara, una lección de vida

 

Esa misma noche en el hotel me di cuenta de que no tenía la cámara de fotos, se me había quedado en el taxi que me cruzó la frontera. Después de autoputearme un buen rato me fui a sentar afuera y tranquilizarme pensando de que al menos había respaldado la memoria hacía dos o tres días.

Seguramente el recepcionista del hotel me vio con esa cara de perro y vino a preguntarme que me pasaba. Yo en pocas palabras le expliqué lo sucedido y entonces él me preguntó cómo era el taxi. Yo lo único que supe decirle fue que el taxi era un minibús de color gris y que no tenía idea cuánto al sur seguía su recorrido. Entonces el tipo me pidió algo de dinero y yo se los di más que nada pensando en que a lo mejor se estaba aprovechando de la situación. El recepcionista partió en medio de la noche y como era de esperar, a la mañana siguiente me dijo que no había conseguido la cámara, pero al menos contactó a un tipo del pueblo que me había visto bajarme del taxi el día anterior. Partieron ambos en moto rumbo al sur y yo mientras tanto me dediqué a recorrer la zona para distraerme. Quería olvidarme de la cámara y pensar en otras cosas, pero cada vez que pasaba por un paisaje bonito la cámara volvía a mi memoria.

En la tarde cuando volví al hotel me costó creer que la cámara que el recepcionista sostenía con una sonrisa en su mano era exactamente la mía. El tipo me explicó que habían preguntado a otros taxistas que hacían el recorrido y finalmente lograron dar con el mío. Y yo la verdad es que ya no se si me sorprendí tanto de lo sucedido. Porque la cámara no sólo esperaba intacta a que alguien la reclamara. Porque la cámara no sólo esperaba intacta a que alguien la reclamara en un taxi compartido en el que cada 300 metros se subía y bajaba gente. Porque la cámara no sólo esperaba intacta a que alguien la reclamara en un taxi compartido en el que cada 300 metros se subía y bajaba gente, en un país en donde se pasa mucha hambre. Porque la cámara no sólo esperaba intacta a que alguien la reclamara en un taxi compartido en el que cada 300 metros se subía y bajaba gente, en un país en donde se pasa mucha hambre y esa misma cámara podría alimentar a una familia entera por varios meses. La cámara esperaba intacta porque en este país y en todos los países que estuve de África, dos de los cuales están entre los cinco países más pobres del mundo, la gente sencillamente no roba.

A mí, antes de partir estando en España, y ya de vuelta en Chile, la gente me preguntaba como mierda se me ocurrió ir a meterme a un lugar como ese, en donde me podría pasar cualquier cosa, en donde de la nada podría aparecer un grupo de negros con sables y descuartizarme o cualquier estupidez por el estilo. La gente no me lo decía pero pensaban que estaba medio loco.

Pero esa gente no tiene idea que en África me sentí muchísimo más seguro de lo que me he sentido en Santiago o Barcelona. En África la gente no solo no te robará sino que además te extenderán la mano con todo y lo poco que ellos tienen. En África la palabra solidaridad aparece en el diccionario con letras mayúsculas. En Mauritania vi como los bancos no tienen guardias ni rejas ni nada que separe a los clientes de las cajas. En Mali me di cuenta de que la policía no tiene mucho trabajo que hacer más que mirar la televisión. En Mauritania, Mali, Burkina Faso y Benín dejaba mi mochila tirada en las estaciones de buses, taxis o trenes y me iba a comprar comida sin ninguna preocupación. En las capitales de todos estos países caminaba en la oscuridad de la noche por calles solitarias y si alguna persona se te acercaba era simplemente para saludarte.

¿Pero hay alguien de Santiago o Barcelona que pueda contarme una historia parecida? Seguramente los hay, pero no deben ser muchas.

Y para cerrar el tema sólo voy a decir que cuando el recepcionista me devolvió la cámara tomé mi billetera y a modo de agradecimiento le pasé  5.000 CFA. Él entonces se quedó con el billete extendido y un poco extrañado me dijo lo siguiente: “Pero si yo solo fui a buscar la cámara que se te había quedado en el taxi”.

 

 

Día 50

 

¿Y dónde están los animales?

 

Hasta ahora no había visto ningún animal africano y lamentablemente no los vería en todo el viaje. Hace mucho tiempo que emigraron al sur de África y los pocos que quedan en la parte occidental están en peligro de extinción y protegidos adentro de un puñado de parques nacionales.

En Tánguieta estaba a solo 30 kilómetros del Parque Nacional de Pendjari, en donde supuestamente se conservaba una buena muestra de la fauna original Africana. Llegué en moto hasta la mismísima puerta del parque pero no me dejaron entrar. Solo se podía acceder con un 4x4 dado el estado de los caminos y la peligrosidad de encontrarse con un león. No me quedó más que volver a Tánguieta y ver la posibilidad de conseguir un 4x4. Preguntando y preguntando llegué hasta las oficinas del parque nacional en donde me encontré con un antropólogo alemán que trabajaba allí desde hacía algunos meses. Su trabajo consistía en enseñarles a los pequeños poblados que había cerca del parque a que no cazaran a los animales, explicarles que muchos de ellos estaban en peligro de extinción. Una tarea difícil considerando que desde miles de años sus antepasados vienen haciendo lo mismo, en una manera de buscarse la vida. También me explicó que él iría al parque al día siguiente pero no podía llevarme por distintas razones, pero al menos me consoló saber que la maleza estaba tan alta que se haría difícil incluso ver a un elefante. Según él cualquier otro animal de los grandes sería prácticamente imposible de ver, aunque aquél antropólogo no contaba con que unos días después me encontraría con este mil pies gigante obstaculizando mi camino (Foto 125). Todo un premio de consuelo.

Escuchado el consejo no me quedó más que volver al hotel y preparar mis cosas para seguir rumbo al sur. Antes de irme saqué una foto del pueblo, una del hotel y otra de las tantas bencineras que había por ahí. (Fotos 126 a 128)

 

 

Día 51

 

Un día con los Somba

 

Tomé el bus a Natitingou, dejé mi bolso en un hotel y rápidamente salí rumbo a Boukoumbé en el taxi más destartalado que me tocó subirme en todo el viaje (los detalles y el video pueden verse en el Día 20). Después de dos horas y cuarto llegamos a Boukoumbé, que dicho sea de paso sólo estaba a 45 kilómetros de distancia.

Boucoumbé es la capital de los Somba, un pueblo que se extiende en el norte de Benín y cerquita de la frontera con Togo. Sus habitantes viven de manera aislada, entremedio de los campos de cultivo, y para visitarlos lo mejor era perderse por los múlitples senderos que siempre terminaban desembocando en alguna de sus casas, las llamadas Tata Somba. Estas casas son verdaderas obras arquitectónicas y asemejan pequeñas fortificaciones. Los somba son muy hospitalarios y en una de las casas su dueño me dejó entrar y tomar algunas fotos (Fotos 129 a 133). Este pueblo también se caracteriza por su desnudez, aunque en estos tiempos la mayoría utiliza alguna mínima prenda de vestir, y por su religión animista, que se ve representada por unos pequeños pilares ovalados que tienen frente a las casas.

Cuando volvíamos en el taxi a Natitingou, un grupo de personas nos paró en la mitad del camino y echaron a un hombre inconsciente en la maleta del taxi. Al parecer había tenido un accidente. Yo no quise ni preguntar de que se trataba el asunto y media hora después me bajé calladito a pocas cuadras de mi hotel.

 

 

Días 52 y 53

 

Llegando a Cotonou, el principio del fin

 

Hasta que finalmente llegué en un largo día de bus a Cotonou, el destino final de mi viaje. Esos dos días me los pasé yendo y viniendo al aeropuerto y a distintas agencias de viaje para cotizar mi pasaje de vuelta. Como era de esperar no existía ningún vuelo directo a Sudamérica y finalmente lo más conveniente fue tomar un vuelo hasta Madrid para el domingo 26 de octubre y luego otro hasta Santiago. Aún me quedaban cuatro días para conocer la ciudad más grande de Benín, aunque de tanto paseo arriba de los zemijohn me la terminé conociendo prácticamente de memoria. La verdad es que viajar arriba de una de esas mototaxis es toda una experiencia. Quizá Cotonou sea la ciudad más desarrollada en la que estuve en todo mi periplo por África Occidental, pero de saber conducir bien todavía les falta mucho (Video 08)

 

 

Día 54

 

Ganvié y el quinto relato que nunca mandé

 

“Cuenta la historia que en los actuales territorios de Benín existió uno de los reinos más temidos y sádicos de África. Un estado que a punta de guerras, torturas y sacrificios humanos logró expandirse por buena parte del sur de África Occidental. Una civilización que lamentablemente sería conocida en el mundo entero por la trata de esclavos. A lo largo de más de un siglo, cientos de miles de personas serían vendidas a los comerciantes europeos a cambio de armas que les permitieran seguir tomando tierras y prisioneros de los pueblos vecinos. Un reino, el reino de Dahomey, que actuó de manera implacable y sin misericordia alguna con sus iguales, pero que dentro de sus creencias religiosas tenía su talón de aquiles: la prohibición de aventurar a sus guerreros en las aguas. Así fue como muchos hombres y familias enteras no tuvieron otra alternativa que escapar hacia los lagos y pantanos, y con un sacrificio y sentido de la imaginación tremendo, lograr construir una nueva vida sobre el agua. Ahí al menos estarían a salvo de los cazadores de esclavos, a la espera quizás de que llegaran tiempos mejores.

“Trescientos cincuenta años después yo me bajo de un taxi y camino los ochocientos metros que separan la carretera del lago Nokoue. Allí, entre un numeroso grupo de mujeres que vende pescado a viva voz, distingo una piragua vacía. Me acerco y con gesto amigable saludo al dueño, un negro cojo con sonrisa desdentada. ´¿Hay alguna posibilidades de que me lleve a visitar Ganvié?´ El negro me hace un gesto como invitándome a subir y después de discutir brevemente el precio, zarpamos bajo un sol abrazador. En el camino nos encontramos con muchas otras piraguas que van y vienen por el lago y a lo lejos ya alcanzo a distinguir algunas casas encaramadas en los palos de bambú. El hombre me explica que la ciudad no ha cambiado mucho las últimas décadas, y que dos kilómetros al interior del lago la única actividad a la que se pueden dedicar los hombres del pueblo es la pesca, mientras sus mujeres se encargan de venderla a la orilla del lago.

“Entonces nos adentramos de lleno en la ciudad y con una sincronización perfecta el cojo se pone a cantar pausadamente al ritmo del remo, mientras yo me recuesto un poco en la piragua y me dedico a repasar lo que han sido estos dos meses en África, lo mucho que he aprendido de su gente, y en lo afortunado que soy de poder estar aquí el día de hoy, observando tranquilamente como se pasa la vida en un pueblo que aprendió a vivir en la mitad de un lago, esperando quizás todavía a que lleguen tiempos mejores.” (Video 09 y Fotos 134 a 140)

 

 

Días 55 y 56

 

Los últimos días

 

La mañana del día 55 fui a pasear por el popular mercado de Dankopta, en donde existía una sección dedicada al vudú, la religión oficial de Benín, y en la cuál se vendían desde raíces de vegetales hasta cabezas de serpiente.

También me dediqué a comer en uno de los mejores restaurantes que descubrí en todo África, y donde pude matar varios antojos, entre ellos la pizza. Aprovechaba además para conversar con el tipo que me vendió el pasaje de avión y que trabajaba en la agencia de viajes que estaba justo al lado del hotel. El tipo hablaba un total de ocho idiomas entre ellos cuatro dialectos locales, y eso ya ameritaba una buena conversación. El pobre hombre no tenía con quien practicar el español así que cada vez que me veía hablábamos un poco.

Hasta que el Día 57 me levanté de madrugada y tomé un taxi que me llevó directo al aeropuerto. Estaba tan cansado que no pensé en nada hasta que me subí al avión y caí dormido en el asiento. Entre sueños iba dejando atrás una de las etapas más importantes de mi vida y aceptando con cierta resignación que en menos de siete horas recorrería lo que de ida me había costado casi dos meses.

 

 

Epílogo

 

La experiencia de viajar solo

 

Antes de iniciar el viaje ya tenía una noción de lo que era vivir solo en un país desconocido pero nunca había emprendido una aventura similar. Por eso me pasé mucho tiempo estudiando minuciosamente la ruta y preparando cada uno de los detalles. Una de las cosas que hice fue aterrizarlo todo y ponerme en la peor de las situaciones posibles. Como aún en este caso estaba convencido de que quería hacerlo entonces adelante. De otra forma, mejor me hubiera quedado en la casa. 

Lo otro y no menos importante es llevarse muy bien con uno mismo, y aunque esto pueda parecer un poco obvio, yo conozco gente que no puede estar sola mucho tiempo. Yo la verdad es que lo paso muy bien conmigo: escucho música, salgo a dar vueltas, converso con mis distintas personalidades.

Y así durante varios días en la ruta te vas tanteando a ti mismo y averiguando hasta donde serás capaz de llegar. Y créanme, viajar solo es la libertad absoluta; si te gusta un lugar te quedas otro día o si te da la gana te cambias de bus a última hora y te vas para otro pueblo.

           Pero dentro de todo este descubrimiento personal hay un gran inconveniente y ese fue un punto que me estuvo dando vueltas en la cabeza durante todo el viaje. Si alguien ha visto la película “Into de Wild” de Seann Penn sabrá que al final hay una gran moraleja. Una enseñanza sencilla que dice lo siguiente: “La felicidad solo es real cuando se comparte”. Esta frase es muy cierta y sumamente importante tenerla clara. Un momento de gran felicidad puede convertirse de un segundo a otro en el momento más triste del mundo si no hay nadie al lado para compartirla. Y aunque efectivamente no había nadie a quien abrazar cada vez que me bajaba de un bus o tren, ni nadie a quien decirle que por fin la comida estaba rica, tenía que buscar si o si la manera de compartir esa felicidad, esos grandes momentos. En mi caso fui escribiendo algunos relatos que de tanto en tanto enviaba por mail a mis familiares y amigos. Y créanme que el sólo echo de enviarlos y tener una pequeña respuesta desde el otro lado del planeta me daba energías para seguir adelante. Y entonces me di cuenta que realmente no estaba viajando solo. Porque como aprendí quizás en la lección más importante de toda esta aventura, uno nunca viaja solo. En un bolsillo de la mochila siempre van a ir los seres queridos.

(Toumani Diabaté - Si Naani).